lunes, 22 de julio de 2024

 En Positivo...esta semana


Seguimos esta semana con esta obstinación, teniendo en mente resaltar los logros del Gobierno, con total claridad de que, como todo en el mundo de los humanos, hay imperfecciones, equivocaciones y errores.  De esos se encargan otras voces, muy poderosas, que van en busca de cualquier motivo, grande o pequeño, para volverlos tragedia nacional.  Algunas cosas que dicen son ciertas.  Ellos las señalan para destruir, arruinar, enlodar, y al hacerlo se llenan de alegría. Nosotros las recibimos con alarma, frustración, dolor, rabia y nos producen incluso confusión.  Sentimos distinto, porque vemos distinto el mundo y sus valores.  

Dicho esto, vuelvo al modo positivo, y en ese modo me regocijo en señalar que en los últimos 15 días hay noticias sumamente positivas que anuncian el buen camino por donde transitamos.   Noticias de mejoría, de esperanza, de acciones en pro de los más olvidados y marginados de sus ciudadanos: campesinos desposeidos; ancianos abandonados; regiones marginadas, etc.  Veamos:

1. Ha disminuido notoriamente  la pobreza en el pais. En números: 1.6 millones de ciudadanos han salido de la pobreza monetaria.  Y de este número, más de un millón vienen de la pobreza extrema.  

2. Se firmó la Reforma Pensional, con lo cual, debido al pilar solidario, 3 millones de personas ancianas, totalmente desprotegidos, empezarán a recibir un bono de 225.000 pesos mensuales.  Adicionalmente, con el pilar semicontributivo, muchos colombianos de la tercera edad, que no alcanzaron a cotizar suficiente para su pensión, empezarán a recibir hasta el 80% del salario mínimo.   Solo a los más duros de corazón puede parecerles mala política estos logros llenos de humanidad.

3. Se ahorraron 1000 millones de dólares.  Cierto. El estado ganó un proceso internacional a la multinacional canadiense Eco-Oro.  Como no se le permitió explotar la minería en el páramo de Santurbán, demandó daños y perjuicios. Perdió.  Todos aquellos que valoran más el PIB que la biosfera perdieron pues no se cumplieron sus oscuras predicciones.

4. El turismo aumentó el 7% en comparación con el 2023, constituyéndose en una fuente importante de divisas para el país.   También fallaron aquí los videntes del Centro Democrático, que anticiparon desastre en este rubro, y en este gobierno.

5. Continúa el crecimiento económico. En junio, la economía creción 2%, en comparación con el mes precedente.

6.  Mejoría significativa, a nivel nacional, de los indicadores de hurto a personas, hurto al comercio y hurto a residencias en 18.0, 32.1 y 20.1%, respectivamente, según datos directos del Ministerio de Defensa.

7. Reducción del homicio intencional en 5.3%, y disminución de las masacres en 26% (de la misma fuente).

¡Ojo!   La masacre es un tipo de crimen con muy larga historia en Colombia, y que por eso mismo  venía con una inercia grande. Controlarlas de tajo, como pedía la oposición era imposible.  Sus ejecutores son ocultos y esporádicos; no son una fuerza beligerante, y además, provienen de vertientes tan distintas como el narcotráfico, los paramilitares, la guerrilla, la delincuencia común, y hasta algunos militares descarriados.  Solo los tontos podrían seriamente pedir los resultados inmediatos, que ellos no pudieron dar en 40 años, y más de 8 presidentes.  ¡Que cinismo!



martes, 16 de julio de 2024

Vergüenza ajena y la inequidad del fútbol


No se puede minimizar lo que pasó en Miami el domingo. Todos esos desmanes son en realidad una vergüenza, sobre todo para los que vivimos aquí y nos encontramos en un ascensor con personas que nos identifican como colombianos. El hecho de que los hinchas se hagan distinguir al usar camisetas de su equipo preferido en un certamen como estos, identifica claramente la nacionalidad del que viola las normas. Sí, es posible que algún colombiano usara una camiseta de Argentina, como lo señala Coronel, pero esa sería una excepción, y muy grande.

Por todos esos actos repudiables de nuestros compatriotas sentimos vergüenza ajena. Un sentimiento de autoinculpación por sabernos compatriotas forzados de personas que calificamos de desadaptados, de vándalos primitivos, de violentos, y de tramposos. Entonces, empezamos a compararnos con otros, y en la autoinculpación, nos sentimos distintos, de mala estirpe, de pobre moral y otras connotaciones negativas.

En los intentos de explicación, invocamos causas culturales y también genéticas. Que tenemos la cultura del vivo, es verdad, pero eso es más un factor común de los latinos y de muchos pueblos al sur y al oeste del Mediterráneo, que un rasgo característico colombiano.  Como sea, esa, con múltiples variaciones, es la razón que más se da.  Y puede que haya mucho de cierto en ella, pero en esta ecuación faltan muchos otros términos.  Opino que lo que sucedió en Miami el domingo trasciende las etnias, las lenguas, las épocas y los meridianos, y en cambio, hay componentes esenciales de la naturaleza humana exaltados por condiciones adversas. Les comparto aquí mi punto de vista, allegando algunos datos para arribar a una conclusión, buscando atenuantes a los comportamientos que nos abochornan. De esos atenuantes hablaré al final.


Empecemos con algo de historia.

En la película "The English Game", del año 2020 se muestra algo muy interesante: El fútbol fue un juego inventado por señores de clase alta para divertirse, tomar unos tragos y socializar. Al poco tiempo se creó una liga, en donde solo participaban hombres de la aristocracia. Pero, en medio de la competencia, con el ánimo de ganarle a otros equipos, un empresario de telas mete en su equipo a obreros que jugaban en potreros y terraplenes pero que eran jugadores excepcionales. Con esa movida, el fútbol empieza a nutrirse de la gente de abajo y termina con el paso del tiempo siendo el deporte de la gente de barriada. Y en la barriada ha seguido.

El fútbol, a diferencia del tenis, el béisbol, el baloncesto, el golf, la esgrima, el polo, y muchos más, no necesita de instrumentos costosos, ni canchas especiales. El fútbol solo requiere una bola, y no más; nada de mallas, aros o mesas,  porque puede jugarse en el terraplén de un descampado, en un potrero o en una calle. Y a falta de bola, un buen taco de trapos puede servir de reemplazo. El fútbol no requiere de equipos caros, canchas en clubes, ni entrenamiento especial. Por eso, hasta los días de hoy, el fútbol es el deporte del pueblo, de la gente, de la barriada. Por eso, también, de ahí nacen y han nacido las estrellas, todos los talentos de todos los tiempos. Y es por eso mismo que hoy vemos negros jugando en Canadá, Francia, Bélgica y Alemania en proporciones que para nada representan las distribuciones étnicas de las banderas que representan.

El fútbol tiene otro ingrediente bien importante en este análisis. Es el deporte que más emoción despierta, tanto en jugadores como en hinchas. ¿En qué otro deporte se ve llorar a un jugador, como vimos llorar a Messi este domingo? ¿Por qué tanta emoción?

Tal vez porque anotar un gol es muy, muy difícil, sobre todo en partidos de alto nivel, es que su celebración es jubilosa, llena de abrazos, saltos, puños cerrados, gritos exultantes y llanto, que muy difícilmente encontramos en otros deportes. Tal vez se le acerquen el hockey y el mismo fútbol americano pero no mucho.

El fútbol despierta una pasión inusitada que ha sabido aprovechar una industria típica capitalista, de una manera muy inusual, para decirlo de una manera diplomática.

La máquina explotadora del fútbol internacional, encarnada por la Federación Internacional de Fútbol Asociado (FIFA), es una empresa absolutamente excepcional. Y aquí 'excepcional' tiene todo su significado, porque para su existencia y desempeño, todos, todos los países han hecho caso omiso a muchas de sus leyes y principios de filosofía política. Para la FIFA no hay competidor, y si aparece, lo descabeza de tajo, sacando a los jugadores del mercado y al país de origen de las eliminatorias y de los campeonatos. Con esto maneja la emoción y el querer de la gente en general. Y la razón es sencilla y clara como el agua. La FIFA ha logrado construir un escenario de sublimación de la guerra. En este escenario no se enfrentan equipos: se enfrentan ciudades, territorios, países y hasta continentes. Para ambientarlo, se cantan o interpretan los himnos nacionales de los contendores y se muestran símbolos patrios por todas partes, representados en banderas, escudos, sombreros, pendones, y las camisetas avaladas por la misma federación, etc. Con esto la FIFA manipula la emoción gregaria básica del ser humano: la defensa de la horda, la protección de la tribu. Es el inmenso sentimiento patriótico que se siente cuando se enfrenta "nuestra selección". Por esa razón, lo oímos a cada rato, se habla de guerreros, de campos de batalla, y de artilleros. ¿Quién compite? Respuesta: Colombia. No la selección de fútbol de Colombia. Esa distinción es muy importante.

Privar a una nación de esta sublimación de los impulsos primarios es la pieza clave del chantaje con que la FIFA ha logrado imponer cambios de leyes en países soberanos, para poder acoplar sus designios. En Alemania, por ejemplo, durante la Copa del Mundo 2006 se modificaron disposiciones de la ley laboral, para permitir que los negocios en las ciudades anfitrionas mantuvieran operaciones extendidas, especialmente en días de partido. En el mundial de Sudáfrica, en el 2010, la FIFA exigió cambios en las regulaciones laborales y de seguridad para que solo los patrocinadores oficiales pudieran vender sus productos y servicios en y alrededor de los estadios. Para tal efecto, se produjo la "Ley de Medidas Especiales para la Copa Mundial de la FIFA 2010", diseñada específicamente para proteger los derechos de los patrocinadores y asociados de la FIFA. Opción: no aceptar tal cambio. Consecuencia: no hay mundial para Ud., señor.

Esta conducta mafiosa de la FIFA va aparejada de un sinnúmero de actos corruptos tanto en sus oficinas centrales, como en las regionales (ver el caso de Jesurún), al que solo Estados Unidos pudo meterle muela, solo porque a este país el soccer le importa poco, y porque sus grandes patrocinadores están, en parte,  aquí mismo.

La FIFA factura ingresos entre 6 a 7 mil millones de dólares por ciclo, pero esta cifra solo refleja sus ingresos a nivel central. Es incalculable el dinero que mueve en todo el mundo. En alguna fuente leí cifras astronómicas como de 100 billones de dólares, número nada imposible dado que la FIFA mueve propaganda, patrocinadores, televisión, radio, empresas de ropa, etc., en más de 193 países y territorios.

Pues bien, esta empresa ultracapitalista, que maneja el reglamento por medio del cual se venden y compran jugadores como esclavos, ha llevado el fútbol, el del pueblo, el de los talentos de barriada, el de la gente del común, a una altura económica de potentados a la hora de los partidos más trascendentales. Los más anhelados, los de mayor emoción y significado patrio. Y es que a una buena parte de la afición no le basta la televisión. Les hace falta más adrenalina. 

Y es ahí donde aparece la inequidad de los partidos de finales. Porque son en estas instancias donde la masa de la afición, que está representada por gente pobre, se ve privada de participar de un evento de esos que se dan cada 20 o 40 años, donde "su país" se juega una final, y no puede ir al estadio porque los costos son tan exorbitantes que solo acceden a ellos los más pudientes. Pudiendo existir, no hay un palco con boletas para este sector. En Miami, cuando las boletas salieron, las más baratas se acercaban a los 700 dólares. A pocos días de la final, no había boletas de menos de 1300 dólares.

Vuelvo a otra película, esta vez, "The Final Attack on Wembley". Es de este año y está en Netflix. Es una película sobre los sucesos de una final de la Eurocopa entre Inglaterra e Italia. Lo ocurrido: lo mismo que aquí en Miami. Miles de aficionados tratando de entrar sin boletas. Pero lo que quiero resaltar aquí es lo que confesaba uno de estos aficionados: que no tenía dinero para comprar una boleta, pero que por nada del mundo se quería perder ver a su selección en esa final. Se había soñado esa final, estar allí, gritar y saltar allí y abrazarse con sus pares en el momento del triunfo. No se la iba a perder por nada del mundo, así tuviera que hacer lo que hizo: colarse a la fuerza.

Con este ejemplo enlazo el siguiente punto: no somos una excepción. No es un problema de etnia, ni de cultura. Esto va en los genes, y tal vez los nuestros sean un poco más apasionados. No sé. Miren, lo sucedido ha ocurrido también en el templo del fútbol: Wembley de 2021, y en París, dos veces: en la final de la Eurocopa del 2016, y en la final de la Liga de Campeones de la UEFA del 2022. También pasó en la final de la Copa Mundo de Brasil del 2014. Ha sucedido en Italia, Alemania, España. De esto no se salvan ni los asiáticos: igual sucedió en la final de la Copa Asiática 2019 en Emiratos Árabes Unidos en donde cientos de aficionados intentaron entrar por la fuerza al Estadio Zayed Sports City en Abu Dabi. Eso sin contar varios partidos en donde enfrentamientos de las barras han terminado con muertos, tanto en este continente como en Europa y Asia.

¿Ocurre esto solo en el fútbol? ¿Pasa esto, por ejemplo, en el críquet, el deporte más emblemático de la India y Pakistán, en donde, como en el fútbol, se reúnen 60 a 130 mil aficionados en partidos internacionales? Sí. Pero los disturbios son muy escasos y participan pocos. ¿La diferencia? Uno, la emoción es menor. Dos, los boletos baratos para tales encuentros están entre los 20 y los 40 dólares. Guardadas las proporciones es como si aquí cobraran 200 dólares. Pero las diferencias no son tan abismales. Los boletos más caros no exceden los 600 dólares.

Obviamente hay una disparidad enorme entre las oportunidades que se les brinda a la masa y a las personas pudientes. Lo más inequitativo es que es en el deporte más querido por ese sector de la sociedad y de donde más se contribuye a su existencia. Es decir, no hay retribución a esa parte de la sociedad que da más. Se genera entonces una tensión entre la imposibilidad social de saciar una pasión y la posibilidad de obtenerla fácticamente. De cómo se resuelve esta tensión, devienen los problemas. Porque en un porcentaje pequeño, pero significativo, la tensión se resuelve por la segunda opción en razón de que en alguna parte del cerebro la pasión le gana a la razón.

Ya señalamos arriba lo pasional que es el fútbol. Dice un dicho popular "El fútbol es pasión". Y sí que lo es. La pasión es la más intensa de las emociones. Es un motor que doblega los controles y toma el mando de la voluntad. Por eso, cuando se trata de estudiar un caso especial de homicidio, un crimen atroz, casi todas las legislaciones tienen atenuantes del estilo: "intenso dolor", "ira", o estados similares de "arrebato" o afecto intenso, o en situaciones emocionales significativas (pedazo último extraído del código penal de Italia). También son más benignos los tribunales cuando el homicida está bajo un estado emocional intenso sintiendo que protege un derecho que le es propio.

La pasión, como emoción intensa que es, debe verse como un atenuante, pero no un motivo de exculpación, ni tampoco de disculpa. Es solo un aspecto que explica la conducta aberrante, anormal y delictiva de una persona que por no encontrar un camino posible y legal de satisfacerla se ve impelida a lograrla por otros caminos. Pero en este fenómeno va también la culpabilidad de la manera en que se manejan los gustos, sentimientos, pasiones, afectos y tendencias humanas, en beneficio de la avaricia disfrazada de mil maneras.

En síntesis: la explosión de conductas antisociales despertadas por un entorno adverso e inequitativo, en medio de una pasión intensa, no solo le ocurre a los colombianos, sino a todos los seres humanos. En eso no somos excepcionales. Como siempre, habrá gente más emocional que otras, y a lo mejor nos tocó un poco más de ese ingrediente. 

De todas formas, la vergüenza ajena continúa....y la FIFA también. ¡Qué pena!