domingo, 13 de abril de 2025

 Aranceles, decrecimiento y la multicrisis global


En medicina, existe una condición grave que solo se trata en las unidades de cuidados intensivos: la falla multisistémica. En este estado crítico, múltiples órganos dejan de funcionar de forma adecuada. El corazón no bombea suficiente sangre, la presión arterial se desploma, el pulmón no oxigena, el riñón falla al excretar toxinas, el hígado cesa la producción de componentes esenciales y hasta el cerebro pierde su capacidad de regulación metabólica. Este colapso interconectado es una condición de inminencia de muerte.


De un tiempo a esta parte, el mundo entero parece haber entrado en un proceso similar: una "falla multisistémica" que los políticos han denominado "multicrisis". Este término agrupa diversas crisis que afectan simultáneamente al planeta: la ecológica, la económica, la política, la social, la moral y la informacional. Cada una de ellas tiene sus propios indicadores. Por ejemplo, la crisis ecológica puede observarse en el cambio climático, la contaminación de mares y ríos, y la deforestación masiva. La crisis económica se manifiesta en el endeudamiento generalizado de los países, mientras que la crisis política se caracteriza por la polarización y el fanatismo, exacerbados por el rol de las redes sociales, donde proliferan la exageración, la desinformación, la malicia y el deseo de dañar al adversario político.


La crisis social, por su parte, se refleja en la obscena acumulación de riqueza en manos de unos pocos, en contraste con la precariedad de una parte significativa de la población. La crisis moral se evidencia en la pérdida de valores como la ética, la decencia, el respeto y la tolerancia, mientras que la crisis informacional ha desdibujado la línea entre lo verdadero y lo falso, sembrando confusión en la sociedad.


Estas crisis no existen de forma aislada: interactúan y producen consecuencias profundas. Por ejemplo, la crisis política, combinada con la crisis informacional, ha conducido a un estado emocional degradado entre los votantes, quienes ahora prefieren líderes autoritarios, cínicos, matones, desfachatados y violentos antes que figuras ponderadas, cerebrales y serenas que promuevan diálogo y consenso. En este contexto, no se trata simplemente de un giro hacia lado alguno del espectro político, sino de una inclinación hacia el autoritarismo, lo protervo, la post-verdad y las teorías conspirativas como modelos de gobernanza.


El capitalismo como raíz del problema

¿Cómo hemos llegado a este estado? Muchos economistas coinciden en que el modelo capitalista es el principal motor de estas distorsiones. Si bien este sistema ha sido un motor de innovación, emprendimiento y crecimiento económico, también está intrínsecamente vinculado al lucro desmedido y la codicia. La obsesión por "tener más" ha llevado al capitalismo a evolucionar desde un modelo competitivo y relativamente local, propio del siglo XIX y principios del siglo XX, hacia una estructura dominada por grandes corporaciones que monopolizan mercados y dificultan la competencia.


Hoy, es casi imposible para un pequeño empresario competir con los gigantes del comercio minorista o con las cadenas de producción globales que, gracias a sus volúmenes, pueden ofrecer precios muy bajos. Además, el foco del capitalismo se ha desplazado del mercado de bienes al mercado de capitales, donde la especulación y la lógica “del que apuesta fuerte gana" son la norma.


En un nivel superior, el de la macroeconomía, se ha impuesto el modelo econométrico. La econometría ha surgido como un conjunto de indicadores que actúan como "termómetros" que nos miden que tan bien va el desempeño económico de un país. El PIB y el PIB per cápita son privilegiados, pero sus números carentes de sus debidas desviaciones estándar, ignoran por completo cuestiones fundamentales como la distribución de la riqueza, las condiciones sociales y los factores éticos detrás de esas cifras. A menudo, un país puede aumentar su PIB destruyendo bosques, contaminando ríos, desolando los mares, o vendiendo armamento, sin que se evalúen las consecuencias éticas o socioambientales de estas acciones.


Esta obsesión por el crecimiento económico a como de lugar ha transformado los valores humanos esenciales —solidaridad, igualdad, fraternidad, compasión— en simples herramientas subordinadas a la productividad y al consumo. La búsqueda constante de la maximización de las ganancias ha terminado por imponer en muchos países jornadas laborales extenuantes, salarios bajos, pobre o nula protección en salud y atención a la vejez, con un deterioro generalizado de la calidad de vida, mientras el mantra social sigue siendo "consumir, consumir, consumir".


El decrecimiento como alternativa

Ante este panorama, algunos economistas y pensadores, como Serge Latouche, han propuesto una alternativa radical: el decrecimiento. Este modelo sugiere abandonar la lógica del crecimiento sostenido y, en su lugar, adoptar una economía basada en la frugalidad, el reciclaje y la autosuficiencia. Según Latouche, el objetivo no debería ser maximizar el PIB, sino maximizar la felicidad y la calidad de vida. Esto implicaría indicadores alternativos centrados en la salud, el bienestar social y la sostenibilidad ambiental.  Un sistema basado en el decrecimiento requeriría la nacionalización de recursos clave como el agua y la energía, y la promoción de una economía circular que minimice el impacto ambiental. Sin embargo, aunque estas propuestas son inspiradoras, su implementación en el mundo actual parece utópica, sobre todo para países cuyo desarrollo está en ciernes.


La transición hacia una economía de decrecimiento enfrenta serios obstáculos. Reducir el consumo hasta niveles de "frugalidad suficiente", en un momento de la historia donde predomina la mentalidad competitiva y consumista, podría desencadenar una crisis económica y social con efectos devastadores: desempleo masivo, cierre de empresas, pobreza extrema y un aumento del hambre y la desprotección, amén de una inconformidad social de proporciones mayúsculas. Sin tener que anotar que el aislacionismo que requiere el decrecimiento de Latouche, en un mundo interconectado como el actual, donde ningún país es completamente autosuficiente, es un cambio muy radical que  podría paralizar la economía por completo.


El decrecimiento requiere un cambio cultural profundo que solo podría lograrse a lo largo de varias generaciones. La población tendría que abandonar el consumismo, adoptar hábitos más sostenibles y aceptar un estilo de vida menos centrado en los bienes materiales.


Los aranceles globales: ¿un camino forzado al decrecimiento?

Una forma inesperada de forzar una transición hacia un consumo más limitado podría provenir de políticas proteccionistas, como los aranceles globales promovidos por figuras como Donald Trump. La imposición de altos aranceles a las importaciones podría romper las cadenas de suministro internacionales, encarecer los productos y reducir el consumo global. Sin embargo, este "decrecimiento forzado" tendría consecuencias complejas y diversas.


El aumento de los aranceles tendría un efecto fiscal inmediato: incrementaría los ingresos del Estado. Este nuevo flujo de recursos podría ser utilizado de distintas maneras, dependiendo de la orientación política y económica de cada gobierno. Un gobierno progresista podría invertir estos recursos en infraestructura, educación, salud pública o en la transición hacia energías limpias, buscando fortalecer el bienestar social y reducir las desigualdades. En cambio, un gobierno neoliberal podría optar por reducir impuestos a las empresas, rescatar bancos o implementar políticas que favorezcan a las grandes corporaciones, perpetuando las inequidades existentes. Incluso un gobierno populista podría utilizar estos ingresos para distribuir subsidios o transferencias directas a la población, incentivando el consumo y contrarrestando cualquier efecto de decrecimiento.


Sin embargo, las dinámicas no son tan simples. Los aranceles altos encarecen todos los productos importados, pero también encarecerían los costos de producción local, ya que muchas cadenas de manufactura dependen de insumos importados. En un mercado con tendencia alcista, incluso los productos no impactados por los aranceles, pero de oferta sin compentencia, terminarían por subir de precio para maximixar las ganancias. Esto podría llevar a la especulación de precios, inflación, y una contracción del consumo. El impacto económico final en este escenario complejo en donde existen múltiples variables actuando en distintas direcciones, dependerá de factores internos, como el grado de disciplina fiscal, la capacidad productiva y las prioridades políticas de cada gobernante.


Conclusiones

El mundo actual está en una encrucijada económica y social. Por un lado, el modelo capitalista parece estar en la unidad de cuidados intensivos, mostrando un estado de falla multisistémica grave. Por otro lado, las propuestas alternativas, como el decrecimiento, enfrentan enormes desafíos de implementación. Sin embargo, políticas como los aranceles globales podrían forzar cambios económicos significativos, en un plazo relativamente corto, aunque con consecuencias impredecibles.


En última instancia, el futuro dependerá de cómo cada gobierno gestione los recursos adicionales generados por estas políticas y de si es posible orientar el sistema hacia un modelo más equitativo, sostenible y centrado en el bienestar, abandonando la econometría como guía del desarrollo humano. La oportunidad de construir un nuevo estado económico mundial está sobre la mesa, pero el camino hacia ello no se ve claro, fácil,  ni uniforme.